Vamos a hacer un ejercicio. Vamos
a pensar en un delicioso pastelito de chocolate, con una buena capa de
nata y sirope de caramelo por
encima, que cae a chorros hacia una base
de galleta crujiente.
El siguiente paso es dibujar en
nuestra imaginación una manzana, verde y tan brillante que es capaz de reflejar
la luz, jugosa y con ese sabor que nos acidifica de una manera tan especial que
hasta es capaz de quitarnos la sed, despertando a lo plenamente sensitivo cada
papila gustativa que se reparte en la lengua.
Vale, una vez acabado el
ejercicio vamos a ver cuál de las dos
imágenes ha provocado la secreción de más litros de saliva. En general,
probablemente en una buena mayoría de nosotros, haya sido la del pastel.
El problema principal de muchas
personas que padecen sobrepeso y obesidad en todo el mundo es uno, fácil,
sencillo y para toda la familia: les gusta comer. Y no cualquier cosa,
especialmente gustan alimentos calóricos. Y esta preferencia no es exclusiva de
aquellas personas que tienen kilitos de más, es algo bastante generalizado en
toda la población.
“¡Ay, si me gustara tanto la
lechuga como me gustan las patatas fritas…!” Este no es solo un deseo de ciertas personas preocupadas por el peso, lo
es también de muchos individuos preocupados por una especial dificultad para
llevar a cabo unos hábitos dietéticos saludables.
¿Y la culpa de todo esto quien la
tiene? Pues Neel en 1962 nos dio una buena explicación de los hechos con un
claro culpable: el genotipo ahorrador.
Hace unos cuatro millones de años,
los alimentos empezaron a escasear, alimentarse ya no era tan fácil ni tan
frecuente, entonces los Australopithecus que andaban por allí se vieron
obligados a seleccionarse y a empezar una evolución hacia un modo de vida en el
que se comía menos veces y por tanto la energía debía aprovecharse y guardarse
de una manera más efectiva para poder aguantar sin morir hasta la siguiente
comida, que en su caso, no llegaría pronto.
Es decir, a nuestros antepasados les
convenía comer siempre que hubiera comida, y preferiblemente los alimentos más
calóricos posibles (que son los más grasos), para guardar para más tarde. La
mejor manera de guardar también fue meticulosamente seleccionada, y la que se
clasificó como más oportuna fue la del depósito de grasa, tan poco apreciado en
nuestros días… Y detrás de todo esto, como actores principales aunque
invisibles, un complejo magnífico de hormonas que trabajan para que todo esto
sea posible.
Lo que pasa es que ese genotipo
que nos salvó la vida hace años, ahora nos está trayendo más de un quebradero
de cabeza: obesidad, problemas metabólicos… Ahora, quizá ha llegado el momento
de tener en cuenta que este legado que nuestros ancestros nos dejaron aún
intenta protegernos de los peligros de la sabana y la amenaza constante de no
encontrar alimento que nos mantenga en pie. Ahora, probablemente sea también el
momento de reeducarlo con cariño y enseñarlo a vivir a cien metros de cualquier
supermercado y enfrente de una nevera bien cargada para que, sin quererlo y con
sus mejores intenciones, no termine perjudicándonos gravemente.
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