miércoles, 25 de enero de 2012

Pasteles contra lechugas


Vamos a hacer un ejercicio. Vamos a pensar en un delicioso pastelito de chocolate, con una buena capa de nata  y sirope de caramelo por encima,  que cae a chorros hacia una base de galleta crujiente.
El siguiente paso es dibujar en nuestra imaginación una manzana, verde y tan brillante que es capaz de reflejar la luz, jugosa y con ese sabor que nos acidifica de una manera tan especial que hasta es capaz de quitarnos la sed, despertando a lo plenamente sensitivo cada papila gustativa que se reparte en la lengua.
Vale, una vez acabado el ejercicio vamos a ver  cuál de las dos imágenes ha provocado la secreción de más litros de saliva. En general, probablemente en una buena mayoría de nosotros, haya sido la del pastel.
El problema principal de muchas personas que padecen sobrepeso y obesidad en todo el mundo es uno, fácil, sencillo y para toda la familia: les gusta comer. Y no cualquier cosa, especialmente gustan alimentos calóricos. Y esta preferencia no es exclusiva de aquellas personas que tienen kilitos de más, es algo bastante generalizado en toda la población.
“¡Ay, si me gustara tanto la lechuga como me gustan las patatas fritas…!” Este no es solo un deseo de  ciertas personas preocupadas por el peso, lo es también de muchos individuos preocupados por una especial dificultad para llevar a cabo unos hábitos dietéticos saludables.
¿Y la culpa de todo esto quien la tiene? Pues Neel en 1962 nos dio una buena explicación de los hechos con un claro culpable: el genotipo ahorrador.
Hace unos cuatro millones de años, los alimentos empezaron a escasear, alimentarse ya no era tan fácil ni tan frecuente, entonces los Australopithecus que andaban por allí se vieron obligados a seleccionarse y a empezar una evolución hacia un modo de vida en el que se comía menos veces y por tanto la energía debía aprovecharse y guardarse de una manera más efectiva para poder aguantar sin morir hasta la siguiente comida, que en su caso, no llegaría pronto.
Es decir, a nuestros antepasados les convenía comer siempre que hubiera comida, y preferiblemente los alimentos más calóricos posibles (que son los más grasos), para guardar para más tarde. La mejor manera de guardar también fue meticulosamente seleccionada, y la que se clasificó como más oportuna fue la del depósito de grasa, tan poco apreciado en nuestros días… Y detrás de todo esto, como actores principales aunque invisibles, un complejo magnífico de hormonas que trabajan para que todo esto sea posible.
Lo que pasa es que ese genotipo que nos salvó la vida hace años, ahora nos está trayendo más de un quebradero de cabeza: obesidad, problemas metabólicos… Ahora, quizá ha llegado el momento de tener en cuenta que este legado que nuestros ancestros nos dejaron aún intenta protegernos de los peligros de la sabana y la amenaza constante de no encontrar alimento que nos mantenga en pie. Ahora, probablemente sea también el momento de reeducarlo con cariño y enseñarlo a vivir a cien metros de cualquier supermercado y enfrente de una nevera bien cargada para que, sin quererlo y con sus mejores intenciones, no termine perjudicándonos gravemente.

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